Esperanza desvanecida, promesa rota, olvido doliente, palabra apócrifa, fétidos vientos, entrono enfadoso, rústica voz, lamento silencioso, espeso fluir, bastón teocrático. ¿Quién hay al otro lado? Nadie responde, nada existe para... ¿volverán?.
Al fin llegaron, era una tarde tórrida de verano, el calendario fechaba un diecitantos de Agosto: el sol cayendo a plomo castigaba a los visitantes cuando bajaron del auto; él protegía sus ojos con gafas ahumadas, las de ella descansaban sobre su cabeza. Observan el colector a cielo abierto, como de unos veinte metro de longitud por donde discurren las aguas fecales procedentes de las casas alineadas al otro lado de la carretera para ir a desembocar desde el otro lado de la vía a la cloaca del colector general que viene de l'Infiesto, cayendo en cascada al río Piloña. El fétido olor que inunda el entorno los recibe, miran, observan, avanzan unos pasos en una y otra dirección, ya deben habar captado el problema, no necesitan husmear para descubrir el origen, pues el especial perfume ha invadido hasta el último átomo de los gases de que está constituido el aire, es una fragancia única, semejante a la que nos describe Patrick Süskind en su excelente novela El Perfume; (Por cierto, se está rodando una película sobre ella).
Al otro lado el escenario de la tragicomedia, otro hombre y otra mujer; él, inmerso en un profundo alzheimer, sujeto pasivo, su mirada perdida en muerta fijación sobre un reducido horizonte del suelo; ella con su viva mirada atenta a cada cosa, a cada posible reacción de su marido, es una mujer fuerte ante las adversidades y resignada en la desgracia, nada pide ni suplica, viven de una raquítica pensión de su marido, nadie puede decir que la ha oído una queja, es menuda, pero demuestra una gran fortaleza, y por supuesto, tiene el valor de la dignidad.
Los visitantes avanzan hacia el matrimonio, hay un breve monólogo; él, ¿me conoces? Ella, no tengo el gusto; él, soy el alcalde de Piloña, y quien me acompaña es la teniente alcalde; ella, pues tanto gusto, es de esperar que ustedes den solución a este problema tan molesto que estamos soportando desde hace tiempo, y ya ven en que situación; él, mientras arranca una manzana, este es el último Agosto; ni una palabra más, tampoco era necesario; la promesa la llenó de alivio.
Después, pasaron seis años, ella se quedó viuda: ahora puede hacer sus tareas con menos presura, y podría sentarse sobre el verde y bien cuidado césped, mas la pestilencia que despide la cloaca apoderándose de todos los rincones del entorno y que aumenta con los calores, la hace desistir. A la distancia que el tiempo se ha desplazado de la promesa, esta debe ya haber quedado diluida entre la nauseabunda cloaca, o entre la fétida atmósfera colgada sobre ese lugar desconocido para alguien que estuvo en él. La promesa era hija de la afectación, al mezclarse con los gases adquirió la misma condición, se volvió maloliente. Y, emulando a Sabina, (sólo que aquí en vez de horas son agostos) podemos de igual modo cantar el tiempo que va pasando, pero no como en el de Sabina y su pareja que era tenue, dulce y de veloz transcurso: este lo es con exasperante y dañina lentitud. Y pasó un Agosto / (démosle a la música la misma cadencia para aproximarla lo mas posible a la original) y dos y después / ya sumaban los tres / y mas tarde llegaron sin prisa / los cuatro y detrás / vino el cinco seguido del seis / y el último Agosto sin aparecer /. No, no se apresuren a pensar mal, que cada cosa tiene su explicación. Agosto es el normal mes de las vacaciones, por tanto todo proyecto, plan, promesa etc. queda aparcado, pendiente de acometer. Cuando se regresa de esas merecidas y necesarias vacaciones, uno llega con la mente envuelta con ensoñaciones de los bellos lugares, las playas, la buena mesa, la novia ocasional, la compañera, la querida o, como quieran llamarla, hoy ya no hay prejuicios; aviso, solo para quien pueda pagárselo; y es que el hechizo de esos fantásticos días duran tiempo en la cabeza donde se instalan con añoranza, y claro, uno se olvida en que gaveta de que armario se han dejado los proyectos y las promesas, y no es cosa de andar revolviendo armarios, cajones, papeles, carpetas; un lío, olvidémoslo, además la cosa ha perdido su importancia en la distancia temporal.
Pero nos cabe preguntar, apoyándose en la promesa de que a los ciudadanos de Piloña se les quiere equiparar a los ovetenses en cuanto a servicios y calidad de vida, lo cual requiere un esfuerzo económico considerable, si la calidad y los servicios que se prestan están en relación directa con tales impuestos, si son análogos, o si guardan alguna simetría con los de los ciudadanos de Oviedo, o esa relación es inversa al Subidón. Tampoco se pide que sea exactamente como la ley newtoniana de la gravitación universal. Pero si lo que se dijo ha sido solo una bravata, o una frase extemporánea para metérnosla doblada, (perdón por la expresión, por si alguien le da un giro semántico y la saca de contexto) pensando que quizás tengamos analgesia, y todo apunta que sí; entonces, como decía aquel chigreru de pueblu, “apura el vasu Manolín, que echo el cierre, que tovía tengo que mecer la vaca”. La costumbre de vender milongas, ya tá muy vieya por gastá.